Viaje al corazón del alto Sinú

Alfredo Molano

La historia expansiva y depredadora de la gran ganadería que ha imperado en el departamento de Córdoba (Colombia) desde mediados del siglo XIX explica buena parte de la violencia que vive la región desde el asesinato de Jorge E. Gaitán. Pero es, además, el principio en que se funda la decisión del gobierno de Uribe de construir el embalse Urrá II, “Proyecto río Sinú”. Las hidroeléctricas de Córdoba no son un asunto de energía y ni siquiera de aguas. Son un problema de tierras.

El río Sinú nace en el Paramillo, páramo excepcional que recoge las aguas de los ríos Tigre, Manso y Esmeralda; lo estrecha la loma donde se construyó Urrá I y luego se riega por las sabanas, alimenta las ciénagas y desemboca en Tinajones. Su hermano gemelo, el San Jorge, hace el mismo oficio, pero bota sus aguas al Cauca, en la depresión de Mompox. Todas son tierras riquísimas para los ganaderos por la fertilidad del suelo, y riquísimas también para los campesinos que cultivan maíz, yuca, malanga y que son, a su vez, pescadores.

En el fondo, estas modalidades de aprovechamiento de la riqueza criada por los ríos son la causa de un conflicto social que desde fines del siglo XIX no cesa. Los ganaderos buscan, por cualquier medio, desecar las ciénagas para ampliar sus haciendas, y los campesinos –trabajadores anfibios, herederos de los zenúes– resisten porque de ellas proviene su comida. Desde los años 50 del siglo pasado, políticos, empresarios y hacendados sueñan con planes que regulen las aguas. El presidente Uribe, entre otros grandes propietarios, tiene una de sus haciendas en Ciénaga de Oro.

Los distritos de riego construidos en los años 60 y los proyectos Urrá I y Urrá II obedecen a ese propósito y han desencadenado enfrentamientos sociales que desembocan en la guerra entre paramilitares y guerrillas. No obstante, los ríos seguían reclamando sus cauces y las ciénagas sus orillas, sobre todo en las zonas bajas del Sinú y del San Jorge. Fue uno de los argumentos para construir Urrá I y proyectar Urrá II. El otro fue la producción de energía eléctrica en momentos en que el país entero vivía el apagón en 1990. Miles de millones de dólares se pagaron en estudios y diseños y, por fin, en 2000, entró en servicio Urrá I –con 340 MW de potencia el 2% de la energía eléctrica del país–  y un embalse que inundó 7.400 hectáreas y costó 800 millones de dólares financiados por la banca mundial.

Para ese momento el excedente  en el sistema eléctrico interconectado nacional era del 35%. Según Corelca (Corporación Eléctrica del Atlántico Norte), el aporte de Urrá I habría podido ser asumido sin los costos sociales por las hidroeléctricas de La Miel, el Guavio o Chivor. La obra generó varios conflictos y acentuó otros. El más conocido fue la movilización del pueblo embera katío contra el proyecto. Los cabildos consideraron que la obra en su conjunto invadía su territorio, afectaba su economía, aceleraba la colonización campesina, amenazaba su cultura y ponía en peligro su seguridad alimentaria al extinguirse el pescado de los ríos. En varias oportunidades paralizaron los trabajos de construcción, se tomaron oficinas de la empresa y organizaron una marcha a Bogotá. El asesinato de Kimy Pernía y otros líderes indígenas de este pueblo simboliza esa lucha.

La obra había sido construida sin consulta previa con las comunidades indígenas, como la ley obliga. Interpuesta una tutela, la Corte Constitucional (sentencia T 652/98) falló a favor de los nativos y ordenó la suspensión inmediata de los trabajos – tres días antes de ser inaugurada por el presidente Samper–  y el pago de una indemnización “al menos en cuantía que garantice la supervivencia física del pueblo embera katío, mientras elabora los cambios culturales, sociales y económicos a los que ya no puede escapar y por los que los dueños del proyecto y el Estado, en abierta violación de la Constitución y la ley vigentes, le negaron la oportunidad de optar”. Como evidencia del daño, se registró el desplazamiento de 6.000 pobladores de cuatro asentamientos indígenas y 17 más dispersos para llenar el embalse.

Los indígenas no fueron los únicos afectados. En el vaso del embalse había 500 familias campesinas censadas, que fueron desplazadas. La construcción de vías de la obra, la demanda de obreros y la pobreza campesina aceleraron la colonización de la región y, con ella, el cultivo de coca y amapola, los desacuerdos entre colonos e indígenas y el enardecimiento de la guerra entre las guerrillas y los recién creados grupos paramilitares en el alto Sinú.

Aguas abajo de la hidroeléctrica, las consecuencias no han sido menos dañinas. Al interrumpir la subienda, necesaria para el desove, la mayoría de las especies ha mermado su tamaño y algunas han desaparecido o están siendo amenazadas de extinción. Los pescadores han protestado con frecuencia y con vehemencia, no sólo porque su nivel de ingresos ha disminuido, sino porque la alimentación de la región se ha visto comprometida. El cambio de niveles del río acelera la erosión de sus orillas y aumenta la sedimentación del cauce. La ciénaga de Lorica se colmata a pasos gigantescos; los desbordamientos son cada vez más peligrosos y frecuentes.

Déficit acumulado

Poniendo entre paréntesis los efectos anotados, cabría preguntar si Urrá I ha cumplido los propósitos que le fueron asignados por el Gobierno y por los gremios regionales. El balance es negativo. Urrá I se ha dedicado a la generación de energía en desmedro de la regulación de las aguas del río Sinú. Desde el punto de vista ambiental, el embalse no ha logrado impedir las inundaciones aguas abajo de la presa. La más grande fue a mediados del año pasado, cuando subió dos metros arriba de la altura máxima de desbordamiento e inundó las llanuras de Cereté y Pelaya y aun el centro de Montería. “El río se emborracha –dicen los indígenas– y sale a buscar cambambas por pueblos, barrancas y potreros”. No obstante, según el Gobierno “en 110 ocasiones (la obra) ha logrado soportar grandes crecientes que hubiesen repetido históricas inundaciones”.

Urrá I tampoco ha servido como fuente de ingresos para la Nación. En palabras del ingeniero Rafael Melo, que dirigió el Plan Energético de Corelca (Corporación Eléctrica de la Costa Atlántica) en Barranquilla: “Urrá I nunca ha dado utilidades y nunca se debió construir porque nunca se necesitó”. Así lo confirma el informe Conpes del 19 de mayo de 2008: Urrá I ha generado sólo pérdidas en los estados financieros reportados, tanto que el Gobierno se vio en la necesidad de tercerizar el complejo, es decir, entregarle la empresa a un tercero para que la administrara. Según una destacada abogada de Córdoba, Urrá I no es rentable: “Es una carga para el Estado; en ocho años de operación no sólo no ha dado utilidades, sino que el déficit acumulado a 2007 es de $824.000 millones”.

A raíz del incumplimiento sistemático de los arreglos que indígenas y Gobierno habían firmado desde 1994, que contemplaban el pago de indemnizaciones millonarias y la construcción de obras de infraestructura complementarias, los cabildos se movilizaron a Montería y a Bogotá en 2005. El resultado fue un nuevo acuerdo en el que el Gobierno, al no encontrar “necesario, conveniente ni factible el proyecto de Urrá II, se abstendrá de promover, autorizar y construir dicho proyecto”.

Dos años después, en julio del 2007, el río Sinú se desbordó y el Gobierno estuvo a punto de declarar la emergencia económica. La empresa aprobó como paliativo parcial elevar en dos metros la cresta de Urrá I. La obra fue contratada con un costo de 4,2 millones de dólares, para aumentar la capacidad de almacenamiento de agua de 1.740 millones a 1.884 millones de metros cúbicos. Hasta el momento no se conocen estudios de impacto ambiental sobre la ampliación del embalse. Sin embargo la obra fue realizada.

El Sinú se sedimenta con los taludes que caen de la represa y se empeora la calidad del agua (foto Conchita Guerra, ARP)

En septiembre de ese mismo año 2007, el Presidente Uribe anunció en Maicao que el Gobierno construiría Urrá II. El Ministro de Minas pasó al bate. En Montería volvió a las andadas y anunció la constitución del Proyecto río Sinú, cuyo fin sería “el control definitivo de las inundaciones en las partes baja y media de la cuenca”. Al mismo tiempo solicitó al Ministerio de Ambiente renunciar a emprender estudios de alternativa. Hablando duro, sentenció: “Y no me vengan con pamplinas ambientales”. Urrá II sería un embalse cinco veces más grande que Urrá I: inundaría 53.000 hectáreas, costaría 2.000 millones de dólares y generaría 420 MW. La hidroeléctrica entraría a funcionar en 2017, cuando ya se hayan entregado otras represas como Fonce III, Pescadero, La Miel II, Besotes, Chimbo, que en conjunto significarán un excedente del 25% de energía, y elevaría esta cifra al 27%.

Planes sin secreto

En círculos de expertos se opina que la nueva central tiene dos fundamentos reales. De un lado, beneficiar a los grandes propietarios de tierra de la cuenca entre Tierralta y Tasajeros. No son muchos por ser muy grandes. La Corporación Autónoma Regional de los Valles del Sinú y San Jorge guarda en secreto un listado completo de grandes beneficiarios, muchos conocidos parlamentarios y no pocos testaferros de los paramilitares. La regularización del nivel de las aguas del río, quebradas, ciénagas y humedales, les daría la posibilidad de ampliar sus haciendas sobre las zonas recuperadas a las aguas y sembrar cultivos de alto rendimiento como la palma aceitera, la acacia magium y la caña de azúcar.

Son los planes y no son secretos. Una aspiración que responde a la tradición de ampliar sus predios sobre tierras desecadas y de expulsar los campesinos que aún hoy viven de la pesca y la pequeña agricultura. La expansión terrateniente beneficiada por la acción criminal de los “paras” se fortalecerá con la nueva hidroeléctrica. Se dice que el paramilitar Salvatore Mancuso posee grandes propiedades en la zona. Conocedores de la región vinculan el desplazamiento al proyecto río Sinú. De ser así, los grandes propietarios, armados de sus influencias políticas, harían invertir al resto de colombianos en un proyecto cuyos principales beneficiarios serían ellos mismos.

Ahora bien, desde el punto de vista del negocio eléctrico, no se descarta que Urrá I sea vendida a empresas privadas para invertir en la financiación de la transversal de la Costa que romperá el Tapón del Darién y comunicará Montería y Medellín con Panamá. Sería una opción complementaria a la venta de electricidad producida por Urrá II al sistema eléctrico de Puebla-Panamá, que se adelanta en América Central y que Uribe quiere extender hasta Putumayo.

La inundación de 53.000 hectáreas en el alto Sinú tiene tres grandes consecuencias: primero, inundaría una parte importante del resguardo indígena del alto Sinú, ya golpeado por Urrá I. Los indígenas han dicho que no quieren y no permitirán más hidroeléctricas allí. Es previsible que las movilizaciones de los embera katío vuelvan a ponerse en marcha. En segundo lugar, el nuevo embalse también inundaría gran parte del actual Parque Nacional de Paramillo, considerado una de las pocas protecciones que hay de un sistema ecológico excepcional por su situación entre los Andes y los dos océanos: desaparecería casi en su totalidad el bioma de selva húmeda del bosque ribereño y de las llanuras aluviales de los ríos Sinú, Esmeralda, Manso y Tigre, y la Ciénaga del Barrial, reconocida por su gran valor faunístico y florístico y declarada una de las áreas intangibles del Parque Nacional.

En tercer lugar, y es un efecto muy grave: dado que al inundar gran parte de los ríos de la cuenca alta del Sinú, el embalse requerirá aguas adicionales, sería necesario el trasvase del río San Jorge hacia el embalse, como había previsto el proyecto anterior. Los efectos ambientales son notables y han sido denunciados: la mezcla de aguas de diferentes cuencas que suponen composiciones y calidades diferentes afectaría la vida en la hoya del Sinú. Y los efectos sobre el San Jorge no serían menores: al mermar sus aguas, afectaría la pesca y la alimentación de la población ribereña. Peor, aceleraría la desecación de todos los espejos de agua —vasos comunicantes— de la depresión momposina, función que aplauden los terratenientes. Las ciénagas de Ayapel, La Florida, La Cruz, Machado y Punta Blanca se sumarían a la desaparición paulatina de las ciénagas del Sinú: Betancí, Martinica, Grande de Momil.

El recurso de la pesca para los emberá-katío ha sido esquilmado y esto genera desnutrición en los menores (Foto Conchita Guerra, ARP)

No es fácil entender para los colombianos que no tenemos intereses electorales en la Costa, ni haciendas en las cuencas del Sinú y San Jorge, ni empresas constructoras de represas, las razones que han llevado al Gobierno a desconocer los acuerdos firmados con las comunidades indígenas. Un Estado responsable no puede echar por la borda su palabra. Tampoco es justificable que se desconozca la legislación vigente sobre parques nacionales y resguardos indígenas y se proponga, a cambio de las tierras, inundar ilegalmente un globo de 50.000 hectáreas en otra región, como forma de compensación.

Los grandes beneficiados por las obras de Urrá II son una minoría en comparación con el daño sufrido por la mayoría de ribereños que verán disminuidos sus recursos alimenticios, y expropiadas sus tierras a cambio de unas vagas promesas de empleo en el proyecto o en las empresas beneficiadas. Se sacrificaría uno de los pocos refugios de fauna y flora de la región a favor de intereses particulares. El conjunto de efectos llevaría a exacerbar los enfrentamientos étnicos, sociales y políticos que generó Urrá I y que su funcionamiento no pudo resolver. Quizás haya interés en sectores guerreristas de mantener atizado el fuego. O quizá sea un mero regalo de Uribe a los propietarios que han sido fieles a su causa política, que no son muy distintos a quienes son hoy acusados de parapolítica o de colaboración con el paramilitarismo.

En noviembre de 2008, basados en un concepto que emite la Unidad de Parques Nacionales, que destaca los valores ecológicos y ambientales del Parque Nacional Natural de Paramillo, el Ministerio de Ambiente no tuvo otro remedio que declarar que no se podrá realizar el Diagnóstico Ambiental de Alternativas para el Proyecto río Sinú o Urrá II. Sin este diagnóstico no se puede dar continuidad al trámite de construcción del embalse. Sin embargo, según el periódico El Universal en noticia publicada el 12 de junio de 2009, el presidente de la Empresa Urrá se refirió al concepto jurídico del Ministerio de Ambiente: “Somos respetuosos de la ley, pero haremos uso de otra instancia y esperaremos. Todavía no se ha dicho la última palabra”.

Extracto autorizado del artículo publicado en el periódico El Espectador

el 15 de enero de 2009, con actualización de información.

China: un trasvase en superlativo

El agua destaca como el más importante de los recursos naturales escasos y mal distribuidos

Zigor Aldama

Shanghai. Los recursos naturales se han convertido en un bien escaso y mal distribuido. Entre todos ellos, el agua destaca como el de mayor importancia. No es nada nuevo. La Humanidad ha tendido siempre a concentrarse en los márgenes de los ríos, pero la superpoblación y el cambio climático están cambiando las reglas del juego.

Hace tiempo que China trata de manipular el clima. Lo hizo durante los Juegos Olímpicos de Pekín, primero para limpiar la atmósfera con lluvia y después para evitar su precipitación, y lo sigue haciendo siempre que se presenta una ocasión relevante. También tiene entre manos algunos de los mayores proyectos hidrológicos, entre los que se encuentra el de la presa de las Tres Gargantas. El objetivo es utilizar a su antojo las fuerzas de la naturaleza.

Ahora, Pekín ha ido un paso más allá con la aprobación del mayor trasvase del mundo. A su lado, el Plan Hidrológico Nacional es un juego de niños, una nadería. Una vez más, China se viste el superlativo para dar solución a sus graves problemas estructurales. En esta ocasión dará respuesta a la crónica falta de agua de las principales ciudades del norte del país, incluida la capital, Pekín. El Gobierno ha dado luz verde al desvío de parte del caudal de la principal vía fluvial, el río Yangtsé, para enviar 44.800 metros cúbicos de agua al año a una población que se estima en unos 400 millones. Lógicamente, el presupuesto de esta obra faraónica es también de récord, de cerca de 47.000 millones de euros.

Las dos primeras fases, que suponen la construcción de casi 5.000 kilómetros de canales, ya han comenzado, y estarán listas para 2015. Entonces, Pekín, Tianjin y Shijiazhuang, entre otras, recibirán 16.000 metros cúbicos de agua, suficiente para sostener el crecimiento económico, agrícola y demográfico que viven las grandes urbes chinas.

Pero el problema es más grave en China: sus desiertos avanzan, y las reservas de agua potable decrecen. Tanto que el Gobierno ha lanzado un mensaje de alarma; reconoce que el sistema actual no es sostenible, y que el 7% de la capacidad hídrica del mundo será insuficiente para abastecer al 22% de su población (la suya) si se continúa contaminando las aguas como hasta ahora y si la industria no se moderniza para utilizar menos líquido en su producción.

China cuenta actualmente con 2,8 billones de metros cúbicos de agua, de los que sólo 840.000 millones pueden ser utilizados. La demanda actual es de unos 560.000 millones anuales. Si crece al ritmo actual, en una década China no tendrá qué beber. “Además, la mayor parte de las instalaciones purificadoras son viejas y no están preparadas para hacer frente a la polución actual, con lo que se corre el riesgo de un aumento de enfermedades”, admitió el viceministro de Sanidad, Chen Xiaohong.

Una mujer recoge leña en Badong, entre las ruinas de los edificios tras desalojar la comunidad (foto Pierre Montavon, ARP)

Una mirada a las aguas del Yangtsé no deja lugar a dudas. Discurren marrones, y viajan acompañadas de una multitud de objetos flotantes procedentes de hogares e industrias. No ayuda en absoluto el denso tráfico de todo tipo de embarcaciones, generalmente viejas barcazas roñosas que transportan materias primas del interior pobre al boom de la costa este. Hay que ir hasta el Tíbet para encontrar agua limpia, y el techo del mundo cada vez recibe menos precipitación. Sus glaciares están derritiéndose y eso podría poner en peligro la propia cuenca de los ríos. Por si fuera poco, la población china se está aficionando a una nueva marca de agua mineral, Lluvia del Tíbet, que se comercializa en los supermercados al lado de la francesa Evian, y que se ha convertido en la principal exportación del Tíbet gracias a los eslóganes que alaban sus propiedades purificadoras.

Los cerebros del trasvase, que han desoído los gritos de las organizaciones ecologistas que han tachado el proyecto de “barbaridad” y de las 400.000 personas que tendrán que ser desplazadas, aseguran que el precio del agua que llegue por este nuevo camino será económico, de en torno a 17 céntimos de euro por metro cúbico (1.000 litros), más o menos lo que se paga actualmente en Pekín. “No llevar a cabo el trasvase podría duplicar el costo para el ciudadano y para las empresas”, aseguró el portavoz del Ministerio de Industria.

La obra enlazará los caudales del Yangtsé, el río Amarillo y el río Huaihe, a través de otras tantas redes de canales que correrán de norte a sur, y que estarán finalizadas en la década de 2050. Entonces, el agua trasvasada será similar al total que fluye por el río Amarillo, el segundo en importancia del país. A lo largo de los canales se irán construyendo represas de diversos tamaños, que son la principal fuente de crítica por parte de ecologistas y desplazados. A pesar de ello, el Gobierno asegura que no sólo se trata de repartir el agua de forma ecuánime, sino de evitar que esté contaminada y, por lo tanto, de mejorar la calidad de vida de los 600 millones de personas que no tienen acceso a agua limpia en China. ¿Hasta qué punto justifica el fin los medios?

Tras desalojar Fengjie, demolieron las escaleras que conducían al puerto (Foto Luo Wen Da, ARP)

Article cedit per Global Talent (http://www.ca.globaltalentnews.com).
Vegeu l’original: http://www.es.globaltalentnews.com/mundo/corresponsalias/1175/Trasvase-en-superlativo.html

Palabras del obispo chileno Luis Infanti en Jalisco

Luis Infanti es obispo de Aysén, en Chile. Toma parte en la campaña Patagonia libre de represas y estuvo en México en el marco de la exposición fotográfica Agua, Ríos y Pueblos. Esta es la transcripción de Carmen Díaz Alba, del Instituto Mexicano para el Desarrollo Comunitario, de las palabras de Infanti en Temacapulín, Jalisco, el 5 de mayo de 2010.

“Muy buenas tardes a todas y todos. El orgullo es mío de poder compartir estos momentos con ustedes. He escuchado mucho de su valentía, de su fortaleza, de su valor en enfrentar los problemas aquí en Temaca. Con mucho gusto venimos. Soy obispo hace diez años en el extremo sur de Chile. En la Patagonia, el problema es mayor que el de ustedes, pero la unidad de la gente está ganando a los que tienen el poder. La unidad del pueblo da más poder que el de los que tienen mucha plata. En nuestra catedral hay un enorme letrero en la fachada, que es grande, que dice “la tierra y las aguas son de Dios”. Uno dice una verdad de fe, que mueve montañas.

Me he enterado que aquí saben de la carta pastoral “Danos hoy nuestra agua de cada día”, que escribimos juntos en el pueblo de Aysén. La Patagonia es un lugar bello con glaciares, bosques, es una tierra bendecida por Dios. Una tierra de la que nadie se preocupaba,  abandonada hasta hace 50 años atrás. Ahora llegan helicópteros, autos. ¿Qué pasa? Se sintieron invadidos. Que la tranquilidad en la cual vivíamos ha empezado a interrumpirse porque no llegaban por casualidad estas personas. Tenemos mucha abundancia de agua. Hoy día ser dueño del agua es tener mucho poder porque uno puede vivir un día sin tequila, un día sin muchas cosas, pero sin agua, tierra, aire, no podemos vivir. La tierra, un lugar donde vivir, aunque sea pequeña. Necesitamos un lugar donde vivir. Aire, necesitamos respirar. Y agua. Un día sin agua y veremos como afecta nuestra vida, son regalos de Dios.

Dios nos regala estos bienes para que los compartamos entre todos. Son para todos. Cuando hablamos de privatización siempre privilegiamos a algunos y excluimos a otros. Los obispos de América Latina decíamos que es un escándalo la distancia que hay entre ricos y pobres. Pero últimamente decimos que es más escándalo aún la diferencia entre ricos y excluidos. Es distinto. Al pobre le doy una limosna. Los excluidos ya no me interesan, es como si no existieran.

Es importante que hagamos valer nuestra dignidad, nuestros derechos, somos personas, criaturas de Dios, que vivimos en el entorno que Dios nos ha regalado, a ustedes con muchos años de historia. No es solo quien vive hoy día, aquí está el espíritu de sus antepasados, el sacrificio y la fe de muchos, que ustedes transmiten y comunican hoy. Es un juego de amor, cuando uno ama lo hace en los momentos gratos y en los momentos difíciles. Ahí se demuestra el valor del amor. Con la tierra pasa igual. Si amamos nuestra tierra, que dios nos ha regalado. No pueden venir a buscar hacer negocio los que no aman esta tierra y la quieren destruir. Es momento de demostrarlo, cuando estamos desafiados por amenazas.

Hay cinco grandes presas no para la gente del lugar, sino para la industria minera en el norte de Chile. No se desplazarían a más de 13 familias, no habría templos, casas antiguas como las de ustedes, cementerios bajo el agua. ¿Por eso podemos echarlas? No. El valor es muy superior a eso, no porque haya o no personas, sino por el amor a la tierra que Dios nos ha dado y que estamos llamados a ayudar a crecer, a hacerla producir para el bien nuestro, que sea grata, donde podamos vivir. Cuando hay amenazas es importante ayudar a entender a estos poderosos. En Chile, quien tiene poder es quien tiene plata. El poder económico manipula y somete al poder político. Son quienes tienen también el poder judicial. Lo digo por experiencia propia. Los que hacen las leyes, la manejan según su querer ¿Y los que viven en un lugar, los que aman el lugar en que viven, no tienen ninguna importancia?

En Concepción querían privatizar el agua potable, hicieron un plebiscito y el 99% dijeron “no queremos que se privatice el agua potable”. Un par de días después, se privatizó. ¿Que valor tiene la sabiduría de un pueblo? Aquí es donde quiero apoyarlos. Es esencial hacer sentir su voz, su fuerza, su poder, a través de mucha unidad. Es esencial hacer valer sus derechos, sus tradiciones, el valor de su tierra por lo que es y ha sido para su pueblo, no por el valor que le quieren dar los que quieren invadirla para destruirla.

Es importante que frente a cualquier proyecto que amenaza su lugar exijan proyectos alternativos, porque los hay. Hay que exigir a los políticos que hagan su deber, que realicen su compromiso con su pueblo. ¿Que no tiene nada que ver con la fe? Pues sí, es un tema de fe. Por eso he querido acompañarlos, desde la fe. Así lo expresa la carta pastoral, desde la fe, tenemos el poder de cuestionar a estos poderes por lo que están haciendo. Hemos ido al corazón de la empresa que quiere destruir la Patagonia para decirles ¿quiénes son ustedes para apropiarse de la tierra, que es de Dios?

La organización en el sur de Chile se va extendiendo cada vez más. Son empresas que nunca dan la cara, pero es un bien enfrentarlas, porque ellas solo piensan en plata. Es importante hacerles entender desde la fe que hay otros valores más importantes, que la tierra es bendita de Dios.

Yo soy obispo y me he metido muy a fondo en este tema. El problema no es entre la iglesia y los poderosos. Siempre es entre los poderosos y los humildes. En la medida en que la iglesia se coloca en uno u otro bando define dónde está. Una parte no siente que el deber del fiel seguidor de Cristo, el deber del evangelio es la opción que ha hecho Jesús, estar al lado del más sufrido, el más golpeado, el más necesitado, que hoy día es el amenazado, el pobre, el excluido. Optar por el poderoso no es la opción de Jesús, del evangelio.

Sé que les acompañan el padre Gabriel, las organizaciones de Guadalajara. Me alegra que lean la carta pastoral. Aprovechen mucho los medios de comunicación, son una ayuda enorme, esencial. Nosotros tenemos una radio. Lo que buscan hoy día es acallar los temas para decir este tema no existe, y los medios de comunicación esto lo hacen muy bien, no toman en cuenta los problemas de su gente. Digan que nuestra tierra vale, no solo Guadalajara o ciudad de México, también nuestro pueblo vale. Aquí vivimos tranquilos, serenos, respiramos aire puro ¿cuántos quisieran vivir así?

Vivimos una vida bendecida por Dios, es importante defenderla con serenidad, con mucha paz, pero como dice el dicho, a Dios rogando y con el mazo dando. He sabido algo de la lucha de ustedes y he querido venir a animarlos, a compartir, que sepan que esta lucha no es solo de ustedes, iré comunicando su lucha. Y animarlos a que con la ayuda de Dios y de la Virgen María se pueden mover montañas.

Los milagros son lo que hacemos cada día, con amor, a nuestra gente, a nuestra tierra. El Señor los bendiga, les de valentía, ánimo y fe para que esta lucha siga hasta que sientan que son respetados sus derechos y aún a los que decaen, que ustedes puedan animarlos por el camino.”


La carta pastoral “Danos hoy el agua de cada día” está disponible en:  http://www.patagoniasinrepresas.cl/final/dinamicos/danoshoyelaguadecadadia.pdf

“Ángel Parra canta por Patagonia sin Represas”: http://www.youtube.com/watch?v=1vGO1ucTbXA

Lago Chad, el Mar de Aral africano

Aún queda una mancha verde

Marisancho Menjón*

Un lago que va desapareciendo inexorablemente, el avance amenazador del desierto circundante, la ausencia de lluvias, los ríos secos que ya no desembocan en ninguna parte porque su caudal se exprime hasta la última gota…

No extraña la afirmación de que el Lago Chad es “el Mar de Aral africano”. Desgraciadamente ambos casos muestran muchas similitudes y un resultado catastrófico: la extrema reducción de dos masas de agua continental que se contaban entre las más importantes del mundo. Dos catástrofes que no son sólo ecológicas, sino también humanas; o, mejor dicho, que son catástrofes humanas porque lo son ecológicas, pues lo uno es inseparable de lo otro.

Se suele decir que el Lago Chad desaparece por culpa del cambio climático y que será una de sus primeras víctimas. Es cierto que las duras sequías, cada vez más prolongadas, de las últimas décadas están teniendo consecuencias devastadoras, y que las zonas semiáridas se cuentan entre las más propensas a sufrir los rigores del calentamiento global. Pero no sólo hay que tener en cuenta ese factor: una vez más, la mano del hombre en forma de mala gestión de las aguas, la falta de conciencia a la hora de actuar sobre los ríos, con una visión miope que no alcanza a enfocar los problemas que una actuación aguas arriba puede causar aguas abajo, están entre las causas fundamentales de una serie de graves problemas que recaen, como siempre, sobre las espaldas de los más pobres.

El Lago Chad es un oasis en mitad de la aridez del Sahel, al sur del desierto del Sahara. Alimentado por el río Chari y sus tributarios (que llegan desde las lejanas montañas de la República Centroafricana y aportan el 90% del volumen del lago), se rige también parcialmente por el ritmo de los monzones. Tanto los ríos como las lluvias estacionales se han debilitado hasta casi desaparecer; con ellos se ha marchado el lago… poniendo en peligro la supervivencia de cientos de miles de personas. En toda la cuenca del Lago Chad, junto a sus aguas y de sus aguas, habitan más de 30 millones.

Basta mirar un mapa para advertir la importancia que tiene la existencia de este lago en el centro del continente: sobre la mancha azul de su contorno se trazaron cuatro fronteras, de esas limpias, como a tiralíneas, que solían dibujar los colonizadores de África, de modo que se proporcionaba acceso al agua a otros tantos países. Chad, Níger, Nigeria y Camerún comparten así el lago, aunque más bien hay que decir que “compartían”, pues el agua no llega a sobrepasar, en los últimos años, los límites del Chad.

Esas tajantes divisiones fronterizas son muestra también del poco respeto que los colonizadores tuvieron hacia la realidad, tradiciones y necesidades de la población autóctona. Antes de la llegada de los europeos, el Lago Chad era el centro de una antigua cultura, el imperio Kanem-Bornu, que aglutinaba a los pueblos ribereños desde la alta Edad Media. Pueblos que quedaron divididos con la llegada de los franceses, en fecha tan tardía como 1920, y la violenta desaparición del tradicional orden de cosas.

La explotación colonial de los recursos de la zona fue el primer golpe que sufrió la población del lago: su economía tradicional fue sustituida por el cultivo del algodón para la exportación, cuya comercialización quedaba en manos francesas. Con ello, faltaron los alimentos básicos y llegó el hambre.

Pero fue tras la independencia, obtenida en 1960, y mientras el Chad se desangraba en guerras internas, cuando Nigeria puso en marcha los grandes proyectos de regadío que iban a significar la verdadera sobreexplotación de los ríos tributarios del Lago Chad: se trataba de poner en riego decenas de miles de hectáreas en la parte más meridional del Sahel, el llamado “Sahel húmedo”. Uno de los proyectos se ubicó en la cabecera de los ríos Hadejia y Jama’are, tributarios del Lago Chad, donde se construyeron varias presas en la década de 1970. Pero el principal plan fue el denominado “South Chad Irrigation Project”, uno de los más ambiciosos de África, que data de finales de esa misma década y que afectó también a los ríos de la cuenca, repetidamente represados y sangrados mediante canales. Los caudales se desviaban para cultivar arroz, planta que necesita grandes cantidades de agua en un área, como la del Sahel, que tiene unas altísimas tasas de evapotranspiración…

Sólo se alcanzó a poner en riego algo menos de la tercera parte de la extensión proyectada, pues las aguas empezaron a reducirse de manera drástica y las sequías se encadenaron unas a otras en esas fechas. Se pretendía incluso bombear agua del propio lago para hacerla llegar a los campos: pero la enorme planta eléctrica de New Marte, construida a finales de los años 70 para posibilitar el bombeo, nunca llegó a entrar en servicio siquiera, y permanece abandonada junto a un canal de toma, también intacto, en una espera vana de la resurrección del lago.

En los años 60 el Lago Chad cubría una superficie de más de 25.000 km2; en la actualidad apenas alcanza los 1.000. Su escasa profundidad (7 m en el punto más hondo; en la actualidad, de media sólo tiene 1,5 m) lo hace más vulnerable a cualquier variación climática o en el régimen de precipitaciones. De hecho, las fluctuaciones en su volumen y extensión son características del lago, que las ha experimentado muchas veces a lo largo de la historia. Los estudiosos han documentado periodos en los que el lago prácticamente ha llegado a desaparecer para volver a recuperarse al llegar un ciclo climático más húmedo. Pero ésta es la primera vez que a esa dinámica se suma la acción del hombre, un factor, como hemos visto, en absoluto despreciable: se estima que la extracción de agua en la cuenca para destinarla a proyectos de regadío es el factor responsable de al menos la mitad de la reducción del lago.

“Si no hacemos nada, el lago simplemente desaparecerá”, ha afirmado el ministro nigeriano Adamou Namata, miembro de la Comisión de Cuenca del Lago Chad. Este organismo, creado en 1964 para coordinar la gestión de las aguas entre los cuatro países que lo comparten (más la República Centroafricana, por donde discurren sus principales tributarios), ha debido afrontar desde los inicios de su andadura el grave problema de todo orden que supone esta drástica reducción del lago.

Foto Cédric Faimali

Y es que la falta de agua ocasiona una catástrofe humana que tiene múltiples facetas, aunque un sustrato común de sufrimiento. Tradicionalmente, la población ribereña se dedicaba a la pesca (el pescado supone el principal y casi único aporte de proteína en la dieta de estas comunidades), más una actividad agrícola complementaria, la denominada “firki”, que consistía en cultivar las zonas de tierra limosa y fértil que el lago dejaba al descubierto cuando se retiraba tras las inundaciones monzónicas. Con eso cubrían sus necesidades. Y si algo les faltaba, el lago les servía de medio de comunicación para los intercambios y animaba la vida, de aire portuario y pesquero, en poblaciones como Malamfatori, Baga, N’guigmi… hoy a cientos de kilómetros de la ribera. Vía comercial y de transporte para todos, el lago bullía de embarcaciones que hoy se pudren u oxidan embarrancadas en la lejanía.

Han desaparecido las abundantes especies de fauna que poblaban las orillas (jirafas, hienas, búfalos, gacelas, antílopes…), se han ido los pájaros y otras especies salvajes; y han disminuido dramáticamente, en cantidad, tamaño y variedad, las especies de peces que son el alimento básico de la población. Se ha ido el agua y ha llegado el hambre y la desnutrición. También ha llegado una planta invasiva, la typha, que impide la navegación y la pesca, pero que sirve de hábitat a numerosísimas bandadas de Quelea quelea, llamado el “pájaro langosta”, pues su presencia constituye una auténtica plaga.

Los pescadores nigerianos y cameruneses acuden hacia las orillas cada vez más exiguas del lago. La población se agolpa en los poblados y pelea por los escasos recursos. Surgen los problemas, la violencia. Los conflictos son habituales entre pescadores y agricultores, agricultores y ganaderos, antiguos pobladores y recién llegados; todos luchan por sobrevivir. Los conflictos entre países por el establecimiento preciso de los límites territoriales y los derechos de uso del agua añaden grandes dosis de tensión en una zona ya muy castigada por décadas de enfrentamientos.

Los gobiernos buscan soluciones. Para posibilitar un mínimo abastecimiento se establecen polders, cultivos en las tierras de donde el lago se ha retirado, y se ayuda a los antiguos pescadores a reconvertirse en agricultores. Pero también se conciben proyectos de mucha mayor escala: la Comisión de Cuenca del Lago Chad clama desde hace años, en los foros internacionales, pidiendo ayuda para llevar a cabo un proyecto de trasvase de las aguas del Ubangi, en la cuenca del río Congo, hasta el Chari, con cuyas aguas se pretende volver a abastecer el Lago Chad y lograr su recuperación. En el Forum Mundial del Agua celebrado en Kioto en 2003, los dirigentes de los cuatro países ribereños hicieron una llamada urgente de apoyo financiero para el proyecto (que sólo para hacer los estudios de viabilidad precisa seis millones de dólares), y nuevamente en 2008 se volvió a lanzar una petición de ayuda a la comunidad internacional. Pero hasta ahora, la idea no termina de arrancar.

Se trata de un proyecto muy complejo y costoso, que implicaría la construcción de una gran presa en Palambo, en el cauce del Ubangui, y el trazado de un canal navegable de más de 100 km de longitud, por donde circularían los 900 m3/seg que se pretenden detraer. Pero no es sólo su alto coste lo que retrae a los posibles inversores; es también la inseguridad que supone no saber si lo que se conseguiría, de llevarse a cabo el proyecto, no sería únicamente trasladar el problema de una zona a otra… además de crear nuevos problemas en el ecosistema propio del lago.

En realidad, lo que se pretende no es únicamente “rellenar” el lago; se trata también de emplear los caudales trasvasados para abastecer regadíos y promover la instalación de agroindustrias, además de producir electricidad ubicando una central bajo la presa de Palambo. En una situación de recesión de las lluvias, como la que parece ser que causa la regresión del lago, parece un plan demasiado ambicioso. Sus promotores afirman que “de hecho, un área entre 50.000 y 70.000 km2 en la cuenca del Lago Chad podrían ponerse en un sistema de riego extensivo como resultado de este proyecto de transferencia de aguas”; y que, además, y sobre todo, “proporcionaría la oportunidad de reconstruir el ecosistema, rehabilitar el lago y reconstruir su biodiversidad”. En fin, “se salvaguardaría el lago, ya que la población ribereña, si se la educa e informa adecuadamente, no vería ya la necesidad de cortar madera para obtener energía”…

Los países de la cuenca cedente (Congo y República Democrática del Congo) parecen estar de acuerdo con esa cesión de caudales, a cambio de recibir abastecimiento energético desde la central hidroeléctrica proyectada, recurso con el que esperan atraer inversiones de otros países.

De momento, está en marcha un proyecto de regeneración de los ecosistemas del lago, que cuenta ya con financiación internacional y que se basa principalmente en una gestión integral más adecuada de los caudales de la cuenca. También hay propuestas para recuperar los sistemas tradicionales de cultivo, que probaron su eficacia durante milenios para abastecer a la población y que, sin necesitar grandes y costosas infraestructuras, pueden a solventar el primer y más urgente problema, que es el del hambre.

Pero esos proyectos no contentan del todo a los dirigentes de los países afectados, que se sienten más atraídos por los planes de gran o enorme envergadura. Como dicen los representantes de la empresa italiana Bonifica, que ha realizado el diseño del proyecto de trasvase desde el Ubangui, “no hay que tener miedo de pensar a lo grande”. De modo que, aunque el proyecto lleva ya más de quince años buscando financiación sin éxito, sus promotores no decaen en el empeño, sobre todo desde que, en 2003, se inaugurara el oleoducto Chad-Camerún y la explotación de las reservas petrolíferas chadianas, ubicadas por cierto en las proximidades del lago.

Mientras tanto, los agricultores chadianos diseñan pequeños sistemas de captación de agua de lluvia para sus campos. Y confían en que el clima cambie y vuelvan a llegar, en el futuro, los fuertes monzones de los años felices.

*Marisancho Menjón es la coordinadora del catálogo de la exposición ‘Agua, Ríos y Pueblos’.
Este es el texto íntegro (el del catálogo debía ser breve) de su aportación sobre el lago Chad.

FOTOS. Cristina de Middel en los desguaces de barcos de India y Bangladesh

Cristina de Middel es fotoperiodista en plantilla del Diario Información de Alicante y colabora con otras publicaciones nacionales e internacionales. Ha documentado desde 2005 varios proyectos de Médicos Sin Fronteras en países como Haití o India. En agosto del 2009 viajó hasta Bangladesh para acercarse al drama de los refugiados Rohingyas haciendo escala intencionada en dos de los focos de mayor contaminación ambiental de la península india: los desguaces de cargueros en las costas de Alang y Chittagong.

“La verdad es que fue bastante difícil entrar ya que está muy controlado por la autoridad de mares y puertos y es todo muy oficial. Hay que pedir permisos en Delhi y aún teniéndolos no te dejan ni sacar la cámara porque hace unos años se presentaron allí dos unos activistas de Greenpeace haciéndose pasar por compradores y hubo una campaña internacional de denuncia”.

“Nosotros fotografiamos todo el trabajo que se hace al rededor del campo de reciclaje. Está rodeado de centenares de tiendas en las que se vende todo lo aprovechable de los barcos como chatarra o para darle un segundo uso”.

“El resto de las fotos están hechas o en Chittatong o en los alrededores. Allí (Bangladesh) es mucho más fácil acceder porque ya no es una empresa estatal quién  lo gestiona sino decenas de pequeñas empresas que tienen cada una su cachito de playa en el que desguazan casi siempre barcos chinos o rusos”.

“Las condiciones laborales de los que se dedican a desmenuzar las moles rozan el esclavismo ya que trabajan casi sin descanso y con unas medidas de seguridad prácticamente inexistentes”.

“Tardan una media de dos meses en recortar un carguero y el mayor beneficio viene de la venta del acero resultante”.

“En Bangladesh por lo menos el control de los vertidos es nulo y basta con mirar en Google Earth para ver cómo la bahía de Chittatong es un estercolero sembrado de esqueletos de acero”.

Jan Selby, sociólogo: “El agua ha pasado a ser símbolo de dinero, de poder, de control, de hidrohegemonía”

Jordi Montaner

Jan Selby dirige una cátedra de Relaciones Internacionales en la Universidad de Sussex (Reino Unido) y es autor de varios libros que, pese a tener el agua por protagonista, no son papel mojado

Usted es sociólogo. Lo suyo son las personas, no los elementos…

Cuando advertí lo vulnerables que somos en circunstancias de escasez o ante catástrofes naturales que tienen al agua por denominador común, decidí mojarme.

En muchas culturas el agua se tiene por símbolo de pureza.

El agua desempeña un papel primordial en los ritos de casi todas las culturas, pero en las relaciones internacionales ésta ha pasado a ser símbolo de dinero, de poder, de control, de hidrohegemonía. Si nos acogemos a la larga historia del nacimiento de las fronteras y los países veremos que el agua, el mar, los ríos, desempeñan un papel estratégico y divisorio. Muchas graves crisis humanitarias la tienen como telón de fondo.

¿Qué pretende Canvi Climàtic, Conflictes Hídrics i Seguretat Humana?

Se trata de un proyecto europeo de investigación que lidera el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales (ICTA) de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Durante estas jornadas, investigadores de 14 universidades y centros de todo el mundo hemos analizado los conflictos políticos y sociales causados por el cambio climático y las luchas del agua en once regiones concretas de Europa, África y Asia Menor. Es la primera vez que un proyecto de investigación reúne, además, a investigadores israelíes y palestinos para estudiar juntos las problemáticas del agua en ambas comunidades.

¿Qué se hará en estas once regiones?

Expertos desplazados in situ analizarán durante los próximos tres años cómo los fenómenos hidroclimáticos (sequía, inundaciones y aumento del nivel del mar) repercuten en las tensiones sociales y los conflictos de la población más vulnerable. A partir de ahí se propondrán medidas para garantizar la seguridad de la población y la paz en cada zona. Los investigadores trabajarán de manera transdisciplinaria, y sus resultados se sintetizarán en un documento final que propondrá soluciones para mejorar la seguridad de las poblaciones en las regiones investigadas. El texto final aportará nuevas ideas sobre las políticas públicas y las instituciones necesarias para promover la paz y la seguridad humana bajo condiciones cambiantes.

Las guerras del petróleo se circunscriben al siglo XX, pero las del agua han existido siempre.

La velocidad a la que se están produciendo los cambios en el clima en todo el planeta no tiene precedentes en la historia de la civilización y supone una amenaza para la seguridad humana, sobre todo en aquellas regiones más expuestas a la sequía, las inundaciones o al aumento del nivel de mar. Sabemos que estas catástrofes naturales también provocan o agravan conflictos sociales violentos o desastres humanitarios como el hambre y las oleadas de refugiados (gente sin casa, sin medios y sin agua potable), pero no creo que den lugar a guerras como en el caso del petróleo. Es más, creo que buenos acuerdos sobre la explotación de recursos acuíferos pueden afianzar la estabilidad en zonas de conflicto en las que he tenido ya la oportunidad de trabajar, como Irlanda del Norte, la frontera de India y Pakistán, Darfur (Sudán) o los territorios palestinos.

¿Tampoco cree que el “petrodólar” dé paso al “hidrodólar”?

El agua tendrá, como tiene ya ahora, una importancia crucial en la economía y la industria, pero los problemas a los que me refiero tienen lugar en zonas industrialmente y económicamente muy depauperadas. Que los países ricos tengan mucha agua no significa que sean ricos por el simple hecho de tenerla. El agua no permite generar los dividendos que genera el petróleo, ni controlar su producción al alza o a la baja.

Se han identificado más de 300 conflictos provocados por la escasez de agua, y todos tienen en común las disputas sobre a quién pertenece, en lugar de una voluntad de llegar a acuerdos de colaboración para el aprovechamiento de los recursos hídricos.

El problema de fondo es que las leyes internacionales aclaran a quién pertenece el petróleo, pero no determinan la soberanía sobre el agua. El agua es indispensable para la vida y para todo lo que conlleva, incluido el ejercicio de los derechos políticos. Hay 261 ríos del mundo compartidos por dos o más países. Si añadimos las rivalidades existentes en el interior de cada región por el uso de los ríos que atraviesan varias provincias o distritos, se verá que el número de conflictos a causa del agua se multiplica por cada una de las situaciones geográficas. Aunque los conflictos no desemboquen necesariamente en una guerra, son causa de inestabilidad permanente durante decenios en la zona, e impiden el desarrollo económico y provocan otros incidentes.

¿Habrá agua para todos?

He aquí el problema. La escasez mundial es irreversible. La cantidad de agua disponible en la tierra ahora no es mayor de la que existía hace 2.000 años. Sin embargo, la población de entonces no era ni un 3% de la actual.

¿Y nos pondremos de acuerdo cuando tengamos sed?

Los acuerdos de Oslo entre israelíes y palestinos nacieron precisamente de conversaciones privadas que mantuvieron en Zúrich los responsables del agua en la región. Fueron ellos, en 1990, quienes pusieron en contacto a sus respectivos responsables políticos e inspiraron el proceso que condujo a los acuerdos. Ese tipo de encadenamientos es frecuente, puesto que el agua conduce necesariamente a tratar otros aspectos. Varios estados ribereños del Nilo limaron disputas con acuerdos sobre el agua que abarcaban, entre otros temas, una red de carreteras y una infraestructura eléctrica comunes.

EL AGUA COMO ARMA ESTRATÉGICA

Durante la guerra del Golfo, Irak destruyó casi todas las plantas de desalinización de Kuwait y la coalición aliada respondió dirigiendo sus bombardeos contra el sistema sanitario y de abastecimiento de agua en Bagdad. Antes de la intervención de la OTAN en Kosovo, en 1999, los ingenieros serbios cerraron el sistema de distribución de agua potable en Pristina. ¿Resultado? Población civil desprovista no sólo de hogar o comida, sino de algo tan elemental como el agua potable. Hoy día, según estimaciones de la ACNUR, por el mundo campan 25 millones de refugiados de agua. Huyen de guerras, pero también de sequías, terremotos o inundaciones agravadas por la intervención humana.

El 60% de la población mundial vive en cuencas hidrográficas que pasan por varios países. Esta circunstancia ha producido tensiones entre Israel y Palestina, entre Irak y Siria y entre la India y Pakistán.

Ríos que atraviesan varios países, como el Mekong, el Ganges, el Jordán, el Tigris, el Eufrates, el Nilo o el Rin generan conflictos económicos y, en las regiones menos estables, conflictos armados. La preciada y escasa agua que fluye por el río Jordán es, unas veces, fuente de conflicto, mientras que otras es un medio de chantaje de Israel hacia sus países vecinos. Jordania ya ha agotado casi todas sus reservas de agua subterráneas, lo mismo que los indígenas Cucap del Norte de México; sus pozos han sido desviados hacia campos de algodón de Arizona y campos de golf o piscinas de la ciudad de Los Ángeles. En Turquía, ambiciosos proyectos de presas hidráulicas amenazan con diezmar grupos étnicos perseguidos. Un fenómeno similar ocurre en China o Filipinas.

Article cedit per Global Talent (wwww.globaltalentnews.com), diari digital de divulgació de la ciència i de la innovació posat en marxa per Talència a finals del 2009, amb el suport del Departament d’Innovació, Universitats i Empresa de la Generalitat de Catalunya.

‘Aigua, Rius i Pobles’, el perfil humà dels conflictes

L’associació Agua, Ríos y Pueblos  converteix aquesta primavera Barcelona en l’epicentre d’un debat a l’entorn de les problemàtiques socials de l’aigua. Amb una exposició al Museu Marítim de Drassanes i amb tot d’activitats el seu voltant, els afectats deixen de ser una freda estadística per comunicar-nos en directe les seves raons, angoixes i esperances.

Pedro Arrojo
Associació Agua, Ríos y Pueblos

Vivim al Planeta Blau, al Planeta Aigua. Tanmateix,1.100 milions de persones, segons Nacions Unides, no tenen garantit l’accés a l’aigua potable i, com a conseqüència d’això, unes 20.000 moren cada dia, majoritàriament nens. És cert que els éssers humans no podem utilitzar directament gran part de l’aigua que hi ha (perquè és salada o perquè està en forma de gel o vapor). D’altra banda, la diversitat climàtica fa que hi hagi llocs àrids i, fins i tot, desèrtics. Ara bé, tots els pobles s’han assentat prop de rius, llacs i fonts o en territoris on es pot arribar a les aigües subterrànies amb pous. Per això, encara que es parla d’escassetat d’aigua, gairebé ningú no mor pròpiament de set.

En realitat, afrontem les conseqüències de la crisi d’insostenibilitat que hem provocat per l’extracció abusiva, la contaminació sistemàtica i la destrucció d’aiguamolls, llacs, rius i aqüífers. Primer han mort amfibis i peixos, i més tard han començat a morir les persones, això sí, en les comunitats més pobres. Hem transformat l’aigua, element clau per a la vida, en l’agent més letal mai no conegut. A molts països empobrits o en vies de desenvolupament, la indústria i la mineria moderna a cel obert contaminen els rius amb abocaments i lixiviats tòxics (cianurs, metalls pesants…), sovint a la capçalera mateixa, enverinant silenciosament, de manera progressiva, desenes de milions de persones. L’extracció abusiva de cabals, la dessecació d’aiguamolls, la tala de boscos i manglars, al costat de la fragmentació de l’hàbitat fluvial a causa de la construcció de grans preses, han trencat la vida dels rius i han fet desaparèixer la pesca: la proteïna dels pobres. Al mar d’Aral, al llac Txad, a l’Amazònia, al riu Mekong, al riu Groc, al Paranà o als manglars d’Amèrica, d’Àsia i de l’Àfrica, la destrucció de pesques comporta malnutrició i gana per a les comunitats riberenques.

La construcció de grans preses ha fet possibles conquistes econòmiques evidents. Tanmateix, els impactes ambientals que tenen i els drets humans dels pobles afectats no s’han tingut en compte. L’any 2000, la Comissió Mundial de Preses estimava que entre 40 i 80 milions de persones han estat tretes per força de les seves cases com a conseqüència que els seus pobles han quedat inundats per alguna de les 45.000 grans preses construïdes al llarg del segle XX. Entre 40 i 80 milions, és a dir… no ho sabem. Desconeixement i invisibilitat del dolor humà, sota la mordassa del tradicional consens que hi ha hagut entorn d’aquestes polítiques, en nom del progrés. A la convergència d’aquestes dues falles crítiques, insostenibilitat i pobresa, s’hi uneix la crisi de governança en la gestió dels serveis bàsics d’aigua i sanejament, tant per problemes de corrupció com per les pressions privatitzadores del Banc Mundial, que transformen els ciutadans en clients. Aquesta mercantilització de drets bàsics, com el de l’accés a l’aigua i al sanejament, ha aixecat la rebel·lia dels més pobres, i ha generat un moviment creixent contra la privatització i a favor del dret humà a l’aigua potable.

El projecte Un milió de Cisternes Rurals donarà aigua a molta població brasilera (foto web ARP)

Estem, en definitiva, davant d’un verdader holocaust hidrològic, en el qual les víctimes són invisibles, llunyanes i sense rostre; prescindibles en la Nostra consciència. Amb l’exposició Aigua, Rius i Pobles, ens hem proposat donar la paraula a aquestes persones, alhora víctimes i lluitadores per un món més just, digne i sostenible. Es tracta de projectar el perfil humà dels conflictes de l’aigua al món i donar la possibilitat d’expressar-se als qui més pateixen i lluiten. Potser no tenen la solució als problemes; però del que no hi ha dubte és que els pateixen en primera línia, i per això mateix mereixen que els escoltem i els tinguem en compte.