Aral, crónica desde el fin del mundo

Témoris Grecko

Moynaq, Uzbekistán. Parecía un viaje al fin del mundo. Estaba en un país del centro de Asia, Uzbekistán, ya bastante lejos de cualquiera de las más raras ciudades de las que a veces se escucha o se lee en México, y desde su capital, Tashkent, todavía tuve que tomar un tren de 24 horas hasta un lugar que se llama Nukus, en medio de inmensos desiertos. Para llegar a Moynaq, además, me faltaban un taxi compartido y un viejo autobús. La gente me miraba sorprendida, ¿qué hace este extranjero aquí, a dónde va? Parecía que al fin del mundo. Pero no, en realidad me dirigía al fin de un mar. Al final, a su desaparición, a su muerte. A la peor tragedia ecológica causada por el ser humano.

El Mar de Aral fue el cuarto cuerpo continental de agua salada del mundo, con 68 mil kilómetros cuadrados. Es una extensión equivalente a la del estado de Guerrero. Hoy, se ha reducido a 17 mil km2, menor que Hidalgo. En donde había agua, olas, peces y aves, ahora sólo hay arena, sal, polvo, y decenas de extraños cadáveres de metal oxidado. Moynaq, un antiguo puerto pesquero de 40 mil habitantes, al que llegaban los turistas para bañarse en sus playas y tomar sus famosos baños medicinales, se ha convertido en un pueblo en semiabandono, una larga hilera de cascarones de lo que fueron casas, habitado por personas aquejadas por graves enfermedades, que hace mucho que dejaron de soñar con el regreso de los buenos tiempos: ahora estarían contentos si tan solo se pudieran largar.

¿Quién provocó esto? ¿Cómo fue posible que no se dieran cuenta de lo que estaban haciendo?

Por la cola del tigre

Dormí en Nukus y me levanté temprano para ir al sitio donde se congregan los taxis: primero tuve que averiguar cuál iba a Kungrad, una población intermedia, y discutir con el conductor –que sólo hablaba ruso y uzbeko– el precio. Después hubo que esperar una hora a que llegaran más pasajeros, hasta reunir cuatro. Aunque está a unos 200 kilómetros de Moynaq y es mucho más grande –un cuarto de millón de habitantes–, Nukus también es una víctima del desastre del Mar de Aral y se está despoblando. “Yo me voy a donde sea”, me dijo Yevgueni, un joven con el que conversé en un café internet. “Me gustaría ir a Estados Unidos, a Australia, pero si puedo irme a Rusia o, aunque sea, a Kazajastán, allá iré. Karakalpakstán (una república “autonóma” dentro de Uzbekistán) se está muriendo”. Y lo decía sin haber visitado nunca Moynaq.

En el camino era visible la ruina. La desaparición de un cuerpo de agua masivo afectó el clima en una extensa región de Asia Central. Los días sin una gota de lluvia aumentaron de 35 al año a 120. El aire se hizo mucho más seco. De las 173 especies animales que había, sólo sobreviven 38. En el antiguo lecho marino, ahora expuesto al sol, se forman inmensas tormentas de arena, sal y compuestos químicos tóxicos que barren toda la zona. Al margen de la carretera se pueden ver depósitos blancos y pardos de los residuos arrastrados desde largas distancias.

En Kungrad debía cambiar de vehículo. Es otro pueblo feo, de casas sucias y en deterioro avanzado, en el que la gente no encuentra cómo ganarse algún dinero. Un extranjero es una buena oportunidad. Discutí con los conductores de taxi, que aseguraban que no había otra manera de llegar a Moynaq que contratar a uno de ellos, por 100 dólares el día. Encontré un autobús que me llevó por 50 centavos.

Era una reliquia, un camión de marca indistinguible que se movía gracias a sonoras explosiones de diesel y que dejaba densas estelas de humo negro. Cuando llegó a la estación y se detuvo justo a un lado de mí, una nube de mujeres de etnia karakalpak (su idioma es parecido al turco y forman la mitad de la población de Karakalpakstán) apareció de quién sabe dónde, pasó en tropel y ocupó los asientos. Me tuve que apretar en el fondo con otros hombres para recorrer otro centenar de kilómetros hasta Moynaq.

La última parte del camino fue extraña: era como un estrecho terraplén construido sobre una seca planicie. Hace 25 años, Moynaq estaba en Ush Say (Cola de Tigre), una península conectada a tierra firme por esta larga calzada. Y lo que yo veía a izquierda y derecha –dunas y más dunas hasta el horizonte–, entonces estaba cubierto de agua.

Del mar al desierto

Bajé del autobús al lado del decrépito hotel Oybek. Caminé hacia el sur, con un grupo de adolescentes intrigados por mi visita. ¿Que si era un científico con una solución para el desastre? Pensé que los decepcionaba cuando dije que no. Pero estaba equivocado: ya han visto ir y venir a mucha gente sin que nada se resuelva. Almaguin Mat Nazarova, una mujer que conocí más tarde en el pequeño museo de Moynaq, compartió conmigo un dicho local: “Si cada científico que viene a estudiar la desecación del Mar de Aral llegara con una cubeta de agua, ya lo hubieran llenado de nuevo”.

Cien metros más adelante, encontré la desviación hacia el antiguo muelle. Está señalado por lo que parece un reloj de sol, una especie de aguja de cuatro metros de alto en la que los últimos habitantes de Moynaq han plasmado los mapas de su tragedia: de un lado, está uno de 1960 y aparece su pueblo, rodeado de azul. El otro representa el Mar de Aral en 1985, ya partido en dos lagos, uno pequeño al norte, en la república de Kazajastán, y otro más grande al sur, en Uzbekistán, y Moynaq rodeado de marrón arena. La orilla ya aparece a unos cien kilómetros. Hoy está a 160, y el lago sur se volvió a fragmentar: hay uno al oeste y otro al este.

Yo recordaba ese sitio. Cuando era adolescente, cayó en mis manos una revista en español que distribuían las embajadas de la Unión Soviética. En ella se convocaba a un concurso juvenil de reportaje sobre temas de ese país. No sé cómo me había enterado de la tragedia ecológica del Mar de Aral, de la que entonces no se sabía casi nada, pero pensé que les iba a gustar que un chico mexicano tratara el tema, que según yo, debía tenerlos muy preocupados resolviéndolo. Nunca recibí respuesta.

Cuando buscaba documentación sobre el asunto (tarea difícil cuando no existía internet y Uzbekistán era todavía una de las quince repúblicas soviéticas, más desconocida que ahora), encontré una foto de un sonriente grupo de marineros en ese lugar. Varios de ellos mostraban la captura de pescado. Ahora, sólo vi un extraño cementerio. Siete cadáveres de barcos se oxidan casi en fila. Unos 500 metros a la derecha, hay otros dos. En la distancia, a un kilómetro y medio, más o menos, se asoleaba uno más.

Bajé por las escaleras que antaño conducían al agua. La aguja-monumento-mausoleo está sobre unos acantilados en los que todavía se aprecian las huellas del golpe de las olas, pero todo está reseco. Los botes descansan sobre dunas de arena, que convierten la caminata alrededor de ellos en un pesado sube y baja. Uno había perdido la cubierta metálica de la popa y parecía como una dama de la corte francesa del Rey Sol, a la que le habían levantado la falda para dejar al descubierto el armazón de su vestido. También podía compararse con el costillar de un buey argentino tras el paso de cinco gauchos hambrientos.

Subí a algunos barcos, levanté escotillas, abrí puertas, me planté en un puente de mando. Quise imaginar días mejores, las manos del capitán sobre el timón, los karakalpaks recogiendo las redes, los pescados sacudiéndose sobre la borda. Seguramente reían. Pero tal vez ya no mucho. Acaso ya se daban cuenta del triste futuro que se les venía encima. Seguramente constataban que el Aral era menos profundo, que las orillas retrocedían. ¿Habrán pensado en oponerse? ¿En actuar para proteger su medio de subsistencia, el ambiente de sus hijos, el hábitat de su pueblo?

La crisis llegó poco a poco, con una lentitud de décadas. Cuando el Aral se empezó a retirar y la península Ush Say se convirtió en parte de tierra firme, y para conectar su puerto con el mar, los habitantes de Moynaq abrieron canales que con los años tuvieron que alargarse decenas de kilómetros. Hasta que lo que quedaba del Aral se hizo tan poco profundo y tan salino que todas las especies de peces endémicas se extinguieron.

¿Cómo habrá sido el último día? Esos siete barcos están alineados por alguna causa, no me esperaban a mí en formación. En cierto momento, los rudos hombres debieron haber comprendido que no se podía más. Trajeron sus botes con la última marea. Al descender de ellos, el charco ya se había alejado. Bajaron por las escalerillas, con salvavidas al hombro, y plantaron sus botas impermeables sobre montones de arena reseca. Caminaron hacia el muelle. Y se despidieron para siempre del Mar de Aral y de sus vidas de pescadores. De un día para otro, los marineros se convirtieron en hombres del desierto.

Charco de pesticidas

Millones de toneladas de pesticidas, desfoliantes y otros químicos fluyeron hacia el Mar de Aral cuando tenía agua. Hoy, los restos secos de esos productos se mezclan con la arena y la sal en el lecho descubierto. El viento y las grandes tormentas de polvo los dispersan a lo largo de cientos de kilómetros. Los habitantes de Karakalpakstán se esconden cuando las ven venir: Almaguin Mat Nazarova dice que el día se oscurece, el cielo se torna gris y las partículas vuelan por doquier. Quienes quedaron expuestos a ellas pasan horas con una sensación de picor en los ojos y algo como paja en la garganta. Hay científicos que consideran que ésta es la zona más polvorienta del mundo. Pero lo que más preocupa no es la cantidad de polvo, sino su toxicidad.

Cada año, el viento dispersa 150,000 toneladas de partículas que contienen organofosfatos y organocloridos, pesticidas que han caído en desuso por sus efectos en la salud. Ésta es la causa de una explosión de enfermedades: tuberculosis de alcances epidémicos, problemas de riñón, anemias (que afectan a 80% de las mujeres embarazadas), problemas intestinales y gran mortalidad infantil: la mitad de los niños que mueren en la región lo hacen por enfermedades respiratorias, como asma, bronquitis crónica y neumonía. Gracias a que el agua para beber está contaminada, el cáncer y los daños al pulmón son 30 veces más elevados de lo que eran antes de la tragedia. Por eso, quien no se ha ido sueña con hacerlo.

Lo peor es que no se trata de las consecuencias inesperadas de la acción humana. Documentación de los años 50 indica que los planeadores soviéticos que decidieron transformar las repúblicas de Asia Central en una inmensa reserva productora de algodón para la URSS sabían que el Mar de Aral desaparecería. Y no se preocuparon por las consecuencias ambientales. En 1964, Aleksandr Asarin, del Instituto Hidroproyecto, señaló que el Mar estaba condenado: “Es parte de los planes quinquenales, aprobados por el Consejo de Ministros y el Politburó. Nadie en los niveles inferiores se atrevería a decir una palabra para contradecir esos planes, ni siquiera si se trataba del destino del Mar de Aral”.

En 1959, los burócratas de Moscú concibieron un plan brutalmente ambicioso para irrigar extensos pedazos de desierto y transformarlos en plantaciones. El agua del Mar de Aral provenía los ríos Amu Darya y Syr Darya, que jugaron un papel destacado en la historia asiática desde que Alejandro Magno conquistó la región hace 2400 años. Los soviéticos desviaron el líquido a través de extensas redes de canales. Como no estaban entubados, sino al aire libre, y no los hicieron a prueba de filtraciones, una parte considerable del agua se pierde por evaporación solar y fugas. Además, convirtieron los ríos en un vertedero de desechos químicos, que fue lo que llegó al Mar de Aral. En dos décadas, los peces y muchas especies murieron por envenenamiento, y las aguas se retiraron. Hoy, la costa está a ciento sesenta kilómetros de Moynaq.

Y no hay solución a la vista. En la parte norte de lo que queda del Mar de Aral, en Kazajastán, el gobierno ha construido diques para estabilizar un pequeño lago, con lo cual consiguió que se elevara el nivel del agua y reaparecieran algunas especies marinas. La parte sur, la que ya se dividió en mitad oeste y mitad este, se sigue empequeñeciendo, y esta última desaparecerá en pocos años. El gobierno de Uzbekistán reconoce la tragedia pero, a fin de cuentas, le importa más seguir produciendo algodón y no va a tomar medida alguna para que aumente el caudal del Amu Darya que va a dar al lago.

Aunque a donde yo fui era la muerte de un mar, cuando me marché de ahí, ya me pesaba en la mirada y en el espíritu como si atestiguara el fin del mundo. Me pregunté cuál es la diferencia entre lo que han hecho con el Mar de Aral y lo que estamos haciendo con nuestra Tierra. Quizá sea sólo cuestión de tiempo. Aquí aprendí que las agonías pueden ser muy lentas.

Artículo publicado en Quo México y cedido por el autor.

Fotos: Dieter Telemans, ARP

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