“¡EL AGUA ES DEL PUEBLO, CARAJO!” En 1997 el Banco Mundial impuso la privatización del agua en El Alto-La Paz y en la ciudad de Cochabamba como condición a su ayuda financiera. Se entregó a la compañía Aguas del Tunari, subsidiaria de las corporaciones transnacionales Bechtel, Edison y Abengoa que en enero de 2000 elevó las tarifas un 200% y controló todos los sistemas de agua, las cooperativas de los barrios y las fuentes de riego. La Coordinadora de la Defensa del Agua y de la Vida impugnó la concesión y llenó las calles de protesta. El gobierno del general Hugo Banzer mandó apresar a los dirigentes de la Coordinadora, decretó el estado de sitio de la ciudad durante 90 días y fue ocupada militarmente. Pero la resistencia ciudadana logró, tras dos muertes y numerosas personas heridas en los suburbios sin agua potable, que el gobierno cancelara su contrato con Aguas del Tunari.

“LAS MASACRES DE RÍO NEGRO” Una de las atrocidades más terribles cometidas para desalojar a la población afectada por la construcción de una presa fue la matanza de 450 personas en el pueblo de Río Negro, dentro de la zona que iba a quedar inundada por el embalse de Chixoy. Ante la negativa de éstos a abandonar sus tierras, las autoridades comenzaron una campaña de terror que acabó con la tortura y muerte de casi todos ellos, incluidos 107 niños. El presupuesto de ejecución de las obras, cuajadas de retrasos y problemas técnicos, alcanzó en un 350% los costes previstos mientras que la producción eléctrica que se pretendía fue mucho menor. Hoy se prevé para Chixoy menos de 50 años de vida porque se está colmatando de sedimentos a gran velocidad.

UNA CATÁSTROFE “NO NATURAL” Finalmente, el Katrina tocó tierra a 80 kilómetros de Nueva Orleáns. La ciudad se había salvado del huracán; sin embargo cuatro quintas resultaron inundadas, en ciertas zonas bajo seis metros de agua; 1200 personas murieron y hubo 28.000 millones de dólares en daños. El progresivo hundimiento del delta (al no recibir sedimentos que colmatan los embalses), el desarrollo de diques a lo largo de cientos de kilómetros (que aceleran la puntas de crecida), y el mal diseño de los muros que protegen Nueva Orleáns, donde para colmo, se habían construido barrios (para gente humilde) en zonas bajo riesgo de inundación, llevaron a un desastre, en el que la mano del hombre tuvo graves responsabilidades y en donde la vulnerabilidad de los más pobres fue tan evidente como injustificable. Las costosas estrategis tradicionales de control de crecidas han fracasadol Tanto en EE.UU. como en Europak se empieza a aplicar el principio de “dejar espacio al agua”, devolviendo al río espacios de inundación en zonas no habitadas, para ablandar sus crecidas, en lugar de pretender “dominar la naturaleza“.

“UN DESIERTO DE SAL ANTE LOS OJOS” El Mar de Aral, en su día el cuarto lago más grande del mundo, ha visto drásticamente reducidos su volumen y extensión en las últimas décadas debido al desvío masivo del caudal de los ríos Amu Daria y Syr Daria, sus tributarios principales, para el cultivo del algodón en lejanos territorios de secano. Hoy, su tamaño se ha reducido en un 75%, pues a menudo sus ríos no llegan a aportarle agua en absoluto. Ciudades que en otro tiempo vivieron del bullicio portuario, el transporte, la pesca y las industrias de conservas de pescado, se hallan hoy en mitad de un desierto de sal, a cientos de kilómetros de la costa. La población sufre graves trastornos de salud (enfermedades respiratorias crónicas, fiebre tifoidea, hepatitis y cáncer de esófago) y las tasas de mortalidad infantil se encuentran entre las más elevadas del mundo. La imagen de los antiguos barcos varados en el desierto se ha convertido en el paradigma del desastre ambiental y humano debido al uso irracional del agua.

LA GRAN MURALLA OSCURA La famosa presa de las Tres Gargantas, la más grande del mundo, ha costado más de 25.000 millones de dólares y ha ocasionado gravísimas afecciones sociales: el desalojo de cuatro millones y medio de personas, la inundación de más de 140 núcleos urbanos y de una enorme extensión de tierras de cultivo en 630 km2 de territorio, la reducción en un millón de toneladas de la pesca en el Mar del Este, la desaparición de unos 1.600 establecimientos empresariales y fabriles, y la pérdida de monumentos históricos y yacimientos arqueológicos en las cercanías del río. El régimen político chino impide la existencia de movimientos de oposición al proyecto y la mera exigencia de compensaciones por parte de la numerosísima población afectada. Fotógrafo de todas las fotos (exepto 2 imágenes): Pierre Montavon / Strates / Panos Fotógrafo de las otras: Steve Benson y Lou Wen Da
